miércoles, 20 de noviembre de 2019

lunes, 18 de noviembre de 2019

El dato y el datón

 Las razas humanas no existen
 *El color de los seres humanos actuales es el resultado de una compleja secuencia de eventos biológicos y demográficos
*Los distintos rasgos que caracterizan las poblaciones humanas no tienen correspondencia con el color de la piel

-Juan Ignacio Pérez Iglesias
Al decir de alguien que es blanco o negro, es posible que pensemos que pertenece a una categoría biológica definida por su color. Mucha gente cree que la pigmentación de la piel refleja la pertenencia a una raza, "cada uno de los grupos en que se subdividen algunas especies biológicas y cuyos caracteres diferenciales se perpetúan por herencia", según la RAE. Esa noción, en el caso de nuestra especie, carece de sentido. Desde un punto de vista biológico, las razas humanas no existen.
En la piel hay melanocitos, células que producen y contienen pigmentos. Hay dos tipos de pigmentos, llamados melanina: uno es marrón parduzco (eumelanina) y el otro, rojo amarillento (feomelanina). El color de la piel depende de la cantidad y la proporción de ambos. Esto depende de diferentes genes: unos inciden en la cantidad de pigmento en los melanocitos y otros sobre la proporción entre los dos tipos de melanina. Por lo tanto, colores muy similares pueden ser el resultado de diferentes combinaciones y obedecer a configuraciones genéticas diferentes.
Los africanos, en general, son de piel oscura. Los dinka, de África oriental, la tienen muy oscura; los san, del sur del continente, más clara. Los nativos del sur de la India, Nueva Guinea y Australia también son de piel oscura. En el centro de Asia y extremo oriente, así como en Europa, las pieles son, en general, claras. Los nativos americanos las tienen de diferente color, aunque no tan oscuras como los africanos.
Si nos atenemos al color de la piel escondida bajo el grueso pelaje de los chimpancés, lo más probable es que nuestros antepasados homínidos la tuviesen clara. Hace unos dos millones de años los miembros de nuestro linaje vieron reducido el grosor y consistencia del pelaje, que se convirtió en una tenue capa de vello. Esa transformación expuso la piel a la radiación solar ultravioleta, que puede causar cáncer y, además, eliminar una sustancia de gran importancia fisiológica, el ácido fólico. Seguramente por esa razón se seleccionaron variantes genéticas que oscurecían la piel, porque la melanina la protege de dichos daños.
Los seres humanos hemos llegado a casi todas las latitudes. Nuestra piel se ha visto expuesta a diferentes condiciones de radiación. Al igual que un exceso de rayos ultravioleta puede ser muy dañino, su defecto también lo es. Sin esa radiación no se puede sintetizar vitamina D, cuyo déficit provoca raquitismo y otros problemas de salud. Por esa razón, sin descartar otras posibles como la selección sexual a favor de las pieles más claras, la piel humana se ha ido aclarando en algunas zonas geográficas por selección natural.
Además, los movimientos de población han propiciado la mezcla de linajes, cada uno con sus rasgos genéticos y características pigmentarias, para dar lugar a múltiples configuraciones. El color de los seres humanos actuales es el resultado de una compleja secuencia de eventos biológicos y demográficos. No es posible delimitar biológicamente unos grupos y otros con arreglo a ese rasgo.

La diversidad genética existe

Lo anterior no pretende negar la diversidad genética en la especie humana. Existe diversidad, por supuesto.
Hay poblaciones con numerosas copias del gen de la α-amilasa y otras en las que hay muy pocas.
Los inuits toleran el frío mejor que otros seres humanos y cuentan con unas desaturasas que les permiten alimentarse con una dieta exclusivamente carnívora sin que ello les cause los problemas que provocaría a otros seres humanos.
Los pigmeos africanos presentan variantes genéticas relacionadas con el sistema inmunitario. Una mutación en el gen PDE10A –que codifica una fosfodiestearasa- permite a los bajau laut (los llamados "nómadas del mar") permanecer sumergidos en apnea hasta trece minutos.
La mayor parte de europeos y descendientes de europeos, así como los miembros de otros grupos humanos en África, la península arábiga y el subcontinente indio retienen en la edad adulta la capacidad para digerir la lactosa de la leche.
Los tibetanos tienen menor concentración sanguínea de hemoglobina y una mayor densidad de capilares. Ambos rasgos parecen tener base genética.
En los pueblos de África occidental que hablan lenguas kwa la anemia falciforme es mucho más prevalente que en otros africanos.
Estos rasgos que caracterizan las poblaciones humanas no tienen correspondencia con el color de la piel. Ni las diferencias en el color de la piel se corresponden con muchos otros rasgos que también varían según otros patrones y por efecto de diversas presiones selectivas.

¿Un concepto útil?

Hay quienes sostienen que la categoría 'raza' es útil en nuestra especie a efectos sociosanitarios. Se ha observado, por ejemplo, que los norteamericanos de origen africano (llamados habitualmente "afroamericanos") tienen mayor propensión a padecer ciertas enfermedades. Por eso defienden el uso del término "raza" para diferenciar a negros de blancos. Un ejemplo es el de la mayor propensión -de base genética- de los afroamericanos a padecer cáncer de próstata. La mayor parte de ellos descienden de personas esclavizadas procedentes de pueblos de África Occidental en los que es muy frecuente la variante genética responsable. Cuando el gen en cuestión tiene, en esas mismas personas, ascendencia europea, la frecuencia de esa variante es muy inferior. Y todos ellos tienen la piel oscura.
Las categorías biológicas son problemáticas. En el mundo animal se diferencian, no sin dificultades, distintos linajes y grupos de linajes. Clasificamos a los animales en filos, clases, órdenes, familias, géneros, especies y, en algunos casos, subespecies. También pueden definirse categorías intermedias. Pero no tenemos razas. Por debajo de la especie o la subespecie, hay poblaciones.
En los animales domésticos sí se suele hablar de razas, pero ese es un caso muy especial, pues se han obtenido por selección artificial de determinados atributos. Se trata, por ello, de una categoría no trasladable al resto.
Claro que hay diversidad genética en la especie humana. Se ha producido, como en los demás animales, a causa de mutaciones al azar y por efecto de la selección natural sobre la frecuencia de las variantes genéticas en cada población, del flujo génico provocado por migraciones y cruzamientos entre individuos de diferentes poblaciones, y de la deriva genética. Pero no hay conjuntos homogéneos de variantes que permitan definir grandes grupos humanos a los que podamos denominar razas.
No hay, pues, fundamento para invocar su existencia. Como tampoco lo hay para justificar, sobre bases inexistentes, otras diferencias.
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Evo-car los matices

 Bolivia desde Bolivia
-Rubén Aguilar

A Evo Morales "nadie le dio un golpe de Estado, la insurrección juvenil lo corrió" escribe el boliviano Carlos Toranzo Roca, uno de los intelectuales progresistas más conocidos y reconocidos en su país.
En 1971 era integrante de la Asamblea Popular cuando el golpe de Estado perpetrado por el general Hugo Banzer, para establecer un régimen dictatorial (1971-1978) que después es derrocado por la junta militar del general Juan Pereda Asbún.
Toranzo y su compañera, junto con otros bolivianos perseguidos por la dictadura, se exilian en México. Su hermano, guerrillero, había sido asesinado por el ejército. En la Facultad de Economía de la UNAM imparte el seminario sobre "El Capital de Marx". Cuando estudié la maestría en sociología llevé con él ese curso dos semestres.
A partir de los noventa, con la vuelta de la democracia a Bolivia, Toranzo, ya de regreso en su país, dedica su trabajo a reflexionar sobre la construcción de la democracia y la caracterización de la sociedad boliviana. Tiene libros y decenas de artículos sobre el tema.
En "¡Viva la democracia y los jóvenes!", publicado el pasado martes en Página Siete de La Paz, analiza la caída de Morales y la reacción de la sociedad boliviana. Su lectura de los hechos es bien distinta a la del gobierno de México.
El boliviano, gran conocedor de la realidad mexicana, asegura que Morales "mandó matar, sembró odio para dominar al país, dijo que hay discriminación, lo hizo para manipular y cosechar adictos a su proclama de odio. Cosa que igual hizo García Linera, ese exguerrillero que alentó el odio. ¿Acaso Morales y García Linera defendieron a los indígenas? No, los reprimieron en Chaparina. ¿Acaso defendieron la madre tierra? No, quemaron la Chiquitania".
Morales y los suyos "usaron a los indígenas. Utilizaron la discriminación para manipular a la gente. Durante 14 años corrompieron a los movimientos sociales, compraron a los mineros, cooperativistas, a la Central Obrera Boliviana; a base de prebendas los volvieron masistas. Hoy, ellos abandonan al MAS; no basta, requieren otros valores, precisan recuperar la ética que perdieron".
Para Toranzo "la OEA con su auditoría le dio un balón de oxígeno, tardío, pero sirvió, pues demostró el fraude monumental y manipulación de los resultados electorales, lo cual ameritaba juicios penales a los responsables del fraude, es decir a Morales. Renunció quien fue autoritario en el poder y caminaba a ser dictador".
Piensa que, ante la maniobra de Morales para perpetuarse en el poder, "la población decidió por nuestra Bolivia que es de la democracia, no la del narcotráfico del Chapare. La gente, los jóvenes, las mujeres optaron por Bolivia; GRACIAS, jóvenes, por la defensa de valores y su óptica de defensa por la paz. Gracias, jóvenes, por silenciar a los pocos que quieren hablar de discriminaciones".
Y añade ahora "estamos esperando a los exiliados, deseamos acabar los juicios indebidos y que salgan de la cárcel los inocentes. No basta que renuncien los represores y corruptos, deben ir a la cárcel, sin violencia, sólo aplicando la ley. No queremos venganza, sólo la ley, respetando los DDHH. Se fue a México, mintiendo, diciendo que defiende la paz; nunca lo hizo, hace dos días mandó a las huestes masistas a quemar La Paz, a incendiar casas".

jueves, 14 de noviembre de 2019

¿Hacke(r) mate?


Guillermo Cosío Vidaurri 1929-2019

Jorge de la Vega Domínguez, entonces presidente del PRI, entrega Jalisco a Cosío, el 25 de julio de 1988 (cartón publicado el 26 de julio de dicho año, en el periódico El Occidental)

miércoles, 13 de noviembre de 2019

Impeachment

Trump is a victim of his own impulses 

-Michael D'Antonio, November 13, 2019 (CNN)
 
If President Donald Trump's binky is his Twitter account -- and it's probably safe to assume it is -- then his security blanket is his television. TV offers our tube-addicted President a soothing glow any time of day or night while Twitter gives him something to do with his anxious fingers. Expect both to get a workout as public hearings on his possible impeachment begin on Wednesday.
Morbidly obsessed with his own demise, in the aftermath of the testimony, Trump will undoubtedly feel the impulse to offer commentary on social media. No doubt his advisers have counseled him to refrain, but this kind of advice hasn't stopped him yet. 

The top diplomats called by Congress to testify first know all about Trump's effort to shakedown Ukraine for dirt on his political rival Joe Biden. They were witnesses to the disruption he caused and to the dangers his action posed to both countries. 

Worse for Trump is that these witnesses are serious, sober, experts who clearly place country above self, representing the opposite of the President's manner and temperament. 
     That Trump finds himself facing the disgrace of the impeachment inquiry is a reflection of his hunger for attention, even when it hurts him, and a powerful reminder of his limitations. When challenged in any way, he knows only to stay the course while firing in every direction. 

Never admit fault and always attack were the main political lessons taught by Roy Cohn, whom Trump adopted as a mentor back in the early 1970. Having displayed himself as a cruel inquisitor during the sordid McCarthy hearings of the 1950s, Cohn had fled Washington for New York where, as dark lord of the local legal and political scenes, he bullied and blustered until, near the end of his life, he was disbarred.
In addition to Trump, Cohn's protégés included Roger Stone who, it so happens, is currently on trial in a federal courtroom not far from the White House. Stone's nightmare was born of his involvement in Trump's 2016 campaign and his response to investigators looking into his possible role in the hacking and distribution of Democrats' emails. Like Trump, Stone has always pushed things beyond where most others would go and now he's answering for it. (Stone has been unwavering in his proclaiming his innocence.) 

In the President's case we have both a practitioner of Cohn-style extremism and a man who couldn't take his chance to quit while he was ahead. His current trouble was sparked on the day after special counsel Robert Mueller testified before Congress about his probe of Russia's cyberattack on the 2016 election to benefit Trump. 

Although Mueller noted much evidence of Trump's possible obstruction of justice, the day ended with the President seemingly in the clear. Not satisfied with well enough, the next day Trump made some requests of Ukrainian President Volodymyr Zelensky during a phone call -- namely an investigation of the debunked Crowdstrike conspiracy theory, which would undermine the idea that Russia interfered in the 2016 election, and an investigation of the Bidens -- with an implied reward of nearly $400 million in military aid that Zelensky needed to fight invading Russian forces and their proxies. 

Why did Trump press this issue? At the root of this impulse seems to be some sense that he can't win a fair fight (thus he needs Biden's reputation to be besmirched) or some perverse need to not only prevail, but to do so while pulling the wool over everyone's eyes.    
   Delighted by dramatic schemes and surprise plot twists (remember, he was a reality TV show host) Donald Trump was likely hoping that Zelensky would also help him confirm a conspiracy theory that puts Ukraine and not Russia at the heart of the 2016 election hack. This cockamamie notion, which has no basis in fact, connects Kiev with Hillary Clinton and the Democratic Party and removes the stain from Trump's election victory. How it must tantalize him to think that with the right pressure applied here and the perfect spin there he could emerge the undisputed champion. 

Only a fantasist would imagine getting away with what Trump attempted with Zelensky. But then again only a fantasist would believe that all life requires is the Roy Cohn method. Cohn himself demonstrated the error in this assumption as he died in disgrace. The President seems headed for a similar fate, victim of his own intractable impulses. Sadly, he's taking the country along on his ride to hell. And we all may need some comfort objects of our own before it's over.

lunes, 11 de noviembre de 2019

Menú


Cuentito de poder

Había una vez un poderoso rey que tenía tres hijos. Dudando sobre quién debía sucederle en el trono, envió a cada uno de ellos a gobernar un territorio durante cinco años, al término de los cuales deberían volver junto a su padre para mostrarle sus logros. 

Así marcharon los tres, cada uno a su lugar, alegres por poder ejercer como reyes. Pero al llegar descubrieron decepcionados que tan sólo se trataba de pequeñas villas con un puñado de aldeanos, en las que ni siquiera había un castillo. 

- Seguro que a mis hermanos se les han dado reinos mayores, pero demostraré a mi padre que puedo ser un gran rey - se dijo el mayor. Y juntando a los pocos habitantes de su villa, les enseñó las artes de la guerra para formar un pequeño ejército con el que conquistar las villas vecinas. Así, su pequeño reino creció en fuerza y poder, y al cabo de los cinco años había multiplicado cien veces su extensión. Orgulloso, el joven príncipe reunió a aquellos primeros aldeanos, y viajó junto a su padre.
- Seguro que a mis hermanos se les han dado reinos mayores; sin duda mi padre quiere probar si puedo ser un gran rey - pensó el mediano. Y desde aquel momento inició con sus aldeanos la construcción del mayor de los palacios. Y tras cinco años de duro trabajo, un magnífico palacio presidía la pequeña aldea. Satisfecho, el joven príncipe viajó junto a su padre en compañía de sus fieles aldeanos. 

- Seguro que a mis hermanos se les han dado reinos mayores, así que la gente de esta aldea debe de ser importante para mi padre - pensó el pequeño. Y resolvió cuidar de ellos y preocuparse por que nada les faltara. Durante sus cinco años de reinado, la aldea no cambió mucho; era un lugar humilde y alegre, con pequeñas mejoras aquí y allá, aunque sus aldeanos parecían muy satisfechos por la labor del príncipe, y lo acompañaron gustosos junto al rey. 

Los tres hermanos fueron recibidos con alegría por el pueblo, con todo preparado para la gran fiesta de coronación. Pero cuando llegaron ante su padre y cada uno quiso contar las hazañas que debían hacerle merecedor del trono, el rey no los dejó hablar. En su lugar, pidió a los aldeanos que contaran cómo habían sido sus vidas. 

Así, los súbditos del hijo mayor mostraron las cicatrices ganadas en sus batallas, y narraron todo el esfuerzo y sufrimiento que les había supuesto extender su reino. El hermano mayor sería un rey temible, fuerte y poderoso, y se sentían orgullosos de él. 

Los súbditos del mediano contaron cómo, bajo el liderazgo del príncipe, habían trabajado por la mañana en el campo y por la tarde en la obra para construir tan magnífico palacio. Sin duda sería un gran rey capaz de los mayores logros, y se sentían orgullosos de él. Finalmente, los súbditos del pequeño, medio avergonzados, contaron lo felices que habían sido junto a aquel rey humilde y práctico, que había mejorado sus vidas en tantas pequeñas cosas. Como probablemente no era el gran rey que todos esperaban, y ellos le tenían gran afecto, pidieron al rey que al menos siguiera gobernando su villa. 

Acabadas las narraciones, todos se preguntaban lo mismo que el rey ¿Cuál de los príncipes estaría mejor preparado para ejercer tanto poder? 

Indeciso, y antes de tomar una decisión, el rey llamó uno por uno a todos sus súbditos y les hizo una sola pregunta:
- Si hubieras tenido que vivir estos cinco años en una de esas tres villas, ¿cuál hubieras elegido? 

Todos, absolutamente todos, prefirieron la vida tranquila y feliz de la tercera villa, por muy impresionados que estuvieran por las hazañas de los dos hermanos mayores. 

Y así, el más pequeño de los príncipes fue coronado aquel día como el más grande de los reyes, pues la grandeza de los gobernantes se mide por el afecto de sus pueblos, y no por el tamaño de sus castillos y riquezas.

domingo, 10 de noviembre de 2019

viernes, 8 de noviembre de 2019

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Es viernes y don Venus, iluminado, lo sabe


Desapego

De la propiedad al alquiler
-Rubén Aguilar  
Los hábitos de consumo están cambiando de manera acelerada en todo el mundo, sobre todo en la población menor de 40 años.

La tendencia generalizada es pasar de comprar, para tener la propiedad, a alquilar los bienes que se necesitan. Las plataformas digitales explican en buena parte esta revolución.      
Para los sectores más jóvenes, que muestran cada vez menos apego a la propiedad, es ya una forma de vida. Su conciencia ecológica contribuye a esta manera de acceder al consumo. 

El alquiler más común es la vivienda y los carros, pero ahora también oficinas, ropa, joyas, electrodomésticos, muebles, cuadros, flores, albercas, patios, terrazas y herramientas de diverso tipo. 

La población en general, pero sobre todo los jóvenes, descubre cada día que hay otras muchas maneras de acceder a los productos y bienes que necesitan sin tener la propiedad de los mismos. 

Los expertos señalan que se está en la primera etapa de esta nueva realidad que es irreversible. En todo el mundo un nuevo hecho cultural es que la propiedad se ve como cosa del pasado. 

La tendencia es mundial y ya no se va a detener aunque avanza a ritmos distintos en las diversas regiones del planeta. Esta idea, aunque se concentra en los jóvenes, cada vez abarca a sectores de más edad. 

En esta nueva cultura influyen diversos factores: pérdida de apego a la propiedad, conciencia ecológica, avances de la tecnología, reducción del tamaño de las viviendas y precariedad en los salarios y el trabajo. 

La acumulación de objetos, como lo fue antes, ya no es símbolo de éxito y estatus social. "Las nuevas generaciones no quieren el carro sino la experiencia del viaje", dice un especialista en el tema. 

Esta nueva realidad, que no es una moda pasajera, afecta al mercado del trabajo y a las empresas que no entiendan esta tendencia y busquen pronto adaptarse a ella. 

Y también a los gobiernos que deben diseñar nuevos mecanismos para regular el uso de las plataformas y cobrar los impuestos. 

Lo que no se puede hacer es ir en contra de la evolución de la tecnología y los mercados. Eso es imposible y todo esfuerzo en esa dirección está destinado al fracaso.
Ida Auken, política danesa, en un discurso en el Foro Económico Mundial (2017) dijo: "Bienvenidos al 2030. No tengo nada. No tengo auto. Nos soy dueño de una casa. No tengo electrodomésticos y ropa". 

La realidad de esta nueva cultura lo veo en mis dos hijas y mi hijo que son Millennials. A quien esté interesado en el tema le recomiendo De una economía de compra a otra de alquiler, de Alejandra López Letón (Domingo, El País, 06.10.19).

martes, 5 de noviembre de 2019

lunes, 4 de noviembre de 2019

Scorsese y el cine de superhéroes



Martin Scorsese: I Said Marvel Movies Aren’t Cinema. Let Me Explain.
Cinema is an art form that brings you the unexpected. In superhero movies, nothing is at risk, a director says. 

By Martin Scorsese, Nov. 4, 2019

When I was in England in early October, I gave an interview to Empire magazine. I was asked a question about Marvel movies. I answered it. I said that I’ve tried to watch a few of them and that they’re not for me, that they seem to me to be closer to theme parks than they are to movies as I’ve known and loved them throughout my life, and that in the end, I don’t think they’re cinema. 

Some people seem to have seized on the last part of my answer as insulting, or as evidence of hatred for Marvel on my part. If anyone is intent on characterizing my words in that light, there’s nothing I can do to stand in the way. 

Many franchise films are made by people of considerable talent and artistry. You can see it on the screen. The fact that the films themselves don’t interest me is a matter of personal taste and temperament. I know that if I were younger, if I’d come of age at a later time, I might have been excited by these pictures and maybe even wanted to make one myself. But I grew up when I did and I developed a sense of movies — of what they were and what they could be — that was as far from the Marvel universe as we on Earth are from Alpha Centauri. 

For me, for the filmmakers I came to love and respect, for my friends who started making movies around the same time that I did, cinema was about revelation — aesthetic, emotional and spiritual revelation. It was about characters — the complexity of people and their contradictory and sometimes paradoxical natures, the way they can hurt one another and love one another and suddenly come face to face with themselves./ 
It was about confronting the unexpected on the screen and in the life it dramatized and interpreted, and enlarging the sense of what was possible in the art form.
And that was the key for us: it was an art form. There was some debate about that at the time, so we stood up for cinema as an equal to literature or music or dance. And we came to understand that the art could be found in many different places and in just as many forms — in "The Steel Helmet" by Sam Fuller and "Persona" by Ingmar Bergman, in "It’s Always Fair Weather" by Stanley Donen and Gene Kelly and "Scorpio Rising" by Kenneth Anger, in "Vivre Sa Vie" by Jean-Luc Godard and "The Killers" by Don Siegel. 

Or in the films of Alfred Hitchcock — I suppose you could say that Hitchcock was his own franchise. Or that he was our franchise. Every new Hitchcock picture was an event. To be in a packed house in one of the old theaters watching "Rear Window" was an extraordinary experience: It was an event created by the chemistry between the audience and the picture itself, and it was electrifying.
 And in a way, certain Hitchcock films were also like theme parks. I’m thinking of "Strangers on a Train," in which the climax takes place on a merry-go-round at a real amusement park, and "Psycho," which I saw at a midnight show on its opening day, an experience I will never forget. People went to be surprised and thrilled, and they weren’t disappointed. 

Sixty or 70 years later, we’re still watching those pictures and marveling at them. But is it the thrills and the shocks that we keep going back to? I don’t think so. The set pieces in "North by Northwest" are stunning, but they would be nothing more than a succession of dynamic and elegant compositions and cuts without the painful emotions at the center of the story or the absolute lostness of Cary Grant’s character. 

The climax of "Strangers on a Train" is a feat, but it’s the interplay between the two principal characters and Robert Walker’s profoundly unsettling performance that resonate now.
Some say that Hitchcock’s pictures had a sameness to them, and perhaps that’s true — Hitchcock himself wondered about it. But the sameness of today’s franchise pictures is something else again. Many of the elements that define cinema as I know it are there in Marvel pictures. What’s not there is revelation, mystery or genuine emotional danger. Nothing is at risk. The pictures are made to satisfy a specific set of demands, and they are designed as variations on a finite number of themes. 

They are sequels in name but they are remakes in spirit, and everything in them is officially sanctioned because it can’t really be any other way. That’s the nature of modern film franchises: market-researched, audience-tested, vetted, modified, revetted and remodified until they’re ready for consumption. 

Another way of putting it would be that they are everything that the films of Paul Thomas Anderson or Claire Denis or Spike Lee or Ari Aster or Kathryn Bigelow or Wes Anderson are not. When I watch a movie by any of those filmmakers, I know I’m going to see something absolutely new and be taken to unexpected and maybe even unnameable areas of experience. My sense of what is possible in telling stories with moving images and sounds is going to be expanded. 

So, you might ask, what’s my problem? Why not just let superhero films and other franchise films be? The reason is simple. In many places around this country and around the world, franchise films are now your primary choice if you want to see something on the big screen. It’s a perilous time in film exhibition, and there are fewer independent theaters than ever. The equation has flipped and streaming has become the primary delivery system. Still, I don’t know a single filmmaker who doesn’t want to design films for the big screen, to be projected before audiences in theaters. 

That includes me, and I’m speaking as someone who just completed a picture for Netflix. It, and it alone, allowed us to make "The Irishman" the way we needed to, and for that I’ll always be thankful. We have a theatrical window, which is great. Would I like the picture to play on more big screens for longer periods of time? Of course I would. But no matter whom you make your movie with, the fact is that the screens in most multiplexes are crowded with franchise pictures.
And if you’re going to tell me that it’s simply a matter of supply and demand and giving the people what they want, I’m going to disagree. It’s a chicken-and-egg issue. If people are given only one kind of thing and endlessly sold only one kind of thing, of course they’re going to want more of that one kind of thing. 

But, you might argue, can’t they just go home and watch anything else they want on Netflix or iTunes or Hulu? Sure — anywhere but on the big screen, where the filmmaker intended her or his picture to be seen. 

In the past 20 years, as we all know, the movie business has changed on all fronts. But the most ominous change has happened stealthily and under cover of night: the gradual but steady elimination of risk. Many films today are perfect products manufactured for immediate consumption. Many of them are well made by teams of talented individuals. All the same, they lack something essential to cinema: the unifying vision of an individual artist. Because, of course, the individual artist is the riskiest factor of all. 

I’m certainly not implying that movies should be a subsidized art form, or that they ever were. When the Hollywood studio system was still alive and well, the tension between the artists and the people who ran the business was constant and intense, but it was a productive tension that gave us some of the greatest films ever made — in the words of Bob Dylan, the best of them were "heroic and visionary." 

Today, that tension is gone, and there are some in the business with absolute indifference to the very question of art and an attitude toward the history of cinema that is both dismissive and proprietary — a lethal combination. The situation, sadly, is that we now have two separate fields: There’s worldwide audiovisual entertainment, and there’s cinema. They still overlap from time to time, but that’s becoming increasingly rare. And I fear that the financial dominance of one is being used to marginalize and even belittle the existence of the other. 

For anyone who dreams of making movies or who is just starting out, the situation at this moment is brutal and inhospitable to art. And the act of simply writing those words fills me with terrible sadness.

Las ranas pidiendo rey

Cansadas las ranas del propio desorden y anarquía en que vivían, mandaron una delegación a Zeus para que les enviara un rey.
Zeus, atendiendo su petición, les envió un grueso leño a su charca.  

Espantadas las ranas por el ruido que hizo el leño al caer, se escondieron donde mejor pudieron. Por fin, viendo que el leño no se movía más, fueron saliendo a la superficie y dada la quietud que predominaba, empezaron a sentir tan grande desprecio por el nuevo rey, que brincaban sobre él y se le sentaban encima, burlándose sin descanso.  
Y así, sintiéndose humilladas por tener de monarca a un simple madero, volvieron donde Zeus, pidiéndole que les cambiara al rey, pues éste era demasiado tranquilo.   
Indignado Zeus, les mandó una activa serpiente de agua que, una a una, las atrapó y devoró a todas sin compasión.

-Esopo

Mad-uro


domingo, 3 de noviembre de 2019

sábado, 2 de noviembre de 2019

viernes, 1 de noviembre de 2019

jueves, 31 de octubre de 2019

miércoles, 30 de octubre de 2019

martes, 29 de octubre de 2019

lunes, 28 de octubre de 2019

domingo, 27 de octubre de 2019

Aspaviento


Reseña con ojo avizor

Joker Wants to Be a Movie About the Emptiness of Our Culture. Instead, It’s a Prime Example of It
-by Stephanie Zacharek
  
 It’s official. With Joker, Joaquin Phoenix is a certified graduate of the Acme Academy of Dramatic Arts. You want acting? Come and get it. 

Skills on display include but are not limited to leering, jeering, airhorn-style blasts of laughter timed for maximum audience discomfort, funky-chicken style dance moves, the occasional blank, dead stare and assorted moony expressions indicating soulful lonerism. 
    But don’t for a minute think Phoenix isn’t funny, too. They say you never forget Clowning 101, and Phoenix hasn’t: He hops around like an unhinged Emmett Kelly, twisting his physique into weird and unsettling shapes. His body has a rubbery angularity, like a chicken bone soaked in Coca-Cola. 

In Joker — playing in competition here at the Venice Film Festival — Phoenix is acting so hard you can feel the desperation throbbing in his veins. He leaves you wanting to start him a GoFundMe, so he won’t have to pour so much sweat into his job again. But the aggressive terribleness of his performance isn’t completely his fault. (He has often been, and generally remains, a superb actor. Just not here.) 

Director Todd Phillips — who made frat-boy comedies like Road Trip and Old School before graduating to dude-bro comedies like The Hangover movies — bears at least some of the blame, and the aggressive and possibly irresponsible idiocy of Joker overall is his alone to answer for. Phillips may want us to think he’s giving us a movie all about the emptiness of our culture, but really, he’s just offering a prime example of it. 

Joker is a stand-alone origin story that dovetails with, but does not strictly follow, DC Universe Batman lore. Phoenix’s Arthur Fleck — he’ll later become one of Batman’s nemeses, the Joker, in case you didn’t already know that — is an odd, lonely guy who lives at home with the mother (played by a wan Frances Conroy) he love-hates. 

     Arthur works for a sad rent-a-clown joint, and nothing ever goes right. This is clear from the moment we meet him: he’s tense and nervous and he can’t relax. The movie is set in a Gotham City that’s a lazy approximation of gritty 1970s-era New York, complete with garbage strikes and “super-rats” overrunning the city. On the job in clown costume, Arthur gets beaten up by a mob of nasty punks — and then almost gets fired because they stole and broke the “going out of business sign” he was twirling for a client. 

More bad stuff happens, day in, day out. He gets angrier and more isolated by the minute. No one is ever kind to Arthur; he’s the world’s saddest punching bag. 

When the city’s social services close down, he can no longer receive counseling there, or get his meds. (He carries around a little laminated card that he holds out helpfully whenever he laughs inappropriately, which is pretty much all the time. It reads, "Forgive my laughter, I have a brain injury.") The one bright spot of his day, or night, is watching a Johnny Carson-style talk-show host, Murray Franklin (Robert De Niro), on television. He dreams of being a stand-up comic and someday being on the show. His wish will come true, but life will have beaten the poor lad down interminably before then. 

As you can probably guess, all of Arthur’s travails are leading up to a series of "See what you made me do?" brutalities, most of which happen while he’s dressed up in his clown suit. Violence makes him feel more in control, less pathetic. Killing — usually with a gun, but scissors or a good old-fashioned suffocation will do just fine — empowers him.
 But it’s not as if we don’t know how this pathology works: In America, there’s a mass shooting or attempted act of violence by a guy like Arthur practically every other week. And yet we’re supposed to feel some sympathy for Arthur, the troubled lamb; he just hasn’t had enough love. Before long, he becomes a vigilante folk hero — his first signature act is to kill a trio of annoying Wall Street spuds while riding the subway, which inspires the masses to don clown masks and march enthusiastically around the city with “Kill the Rich!” placards.
     Arthur also tries to work out a personal beef with rich asshat and aspiring city mayor Thomas Wayne, father of you-know-who. Because, it turns out, Arthur has some daddy issues too. Who would have guessed? 

Joker — which was written by Phillips and Scott Silver — doesn’t have a plot; it’s more like a bunch of reaction GIFs strung together. When Arthur gets fired from his clown job, he struts by the time-clock, deadpans, “Oh no, I forgot to punch out” and then, wait for it, socks it so hard it dangles from the wall. Make a note of the moment, because you’ll be seeing it a lot in your Twitter and Facebook feeds. 

The movie’s cracks — and it’s practically all cracks — are stuffed with phony philosophy. Joker is dark only in a stupidly adolescent way, but it wants us to think it’s imparting subtle political or cultural wisdom. Just before one of his more violent tirades, Arthur muses, “Everybody just screams at each other. Nobody’s civil anymore.” Who doesn’t feel that way in our terrible modern times? But Arthur’s observation is one of those truisms that’s so true it just slides off the wall, a message that both the left and the right can get behind and use for their own aims. It means nothing. 

Meanwhile, the movie lionizes and glamorizes Arthur even as it shakes its head, faux-sorrowfully, over his violent behavior. There’s an aimless subplot involving a neighbor in Arthur’s apartment building, played by Zazie Beetz, in an underdeveloped role. (Beetz also appears in another movie here at the festival, Benedict Andrews’s Seberg, where she’s given much more to do.) Arthur has a crush on her, and though he does her no harm, there’s still something creepily entitled about his attentiveness to her. He could easily be adopted as the patron saint of incels. 

Arthur is a mess, but we’re also supposed to think he’s kind of great — a misunderstood savant. Dressed up for his big TV moment in a turquoise paisley shirt, marigold vest and dapper cranberry suit (admittedly a marvelous feat of costume design), Arthur struts down an outdoor stairway like a rock’n’roll hero. It’s the most energizing moment in the movie, but what is it winding us up for? Arthur inspires chaos and anarchy, but the movie makes it look like he’s starting a revolution, where the rich are taken down, the poor get everything they need and deserve, and the sad guys who can’t get a date become killer heroes. There’s a sick joke in there somewhere. Unfortunately, it’s on us.

viernes, 25 de octubre de 2019

miércoles, 23 de octubre de 2019

lunes, 21 de octubre de 2019